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" Don't die on the motorway, RADIOHEAD Repentinamente, desperté, ante una luz encandilante e imposible de identificar. Estaba sentado en un sillón blanco, de geometría inexplicablemente sencilla, en el medio de un cuarto blanco con el piso blanco y una ventana de marco blanco y perfectamente cuadrangular. Todo era tan asquerosamente limpio y perfecto, de tan poco detalle y de una prístina pulcritud tan insoportable, que ni siquiera las náuseas se atrevían a reaccionar ante la sorpresa. “¿Dónde demonios estoy?” era una pregunta perfectamente legítima para el momento, pero el despertar repentino, como un accidente a doscientos kilómetros por hora, probablemente me había hecho olvidar el uso correcto del lenguaje. Miré alrededor mío, buscando la puerta, o alguien a quién preguntar qué exactamente había ocurrido y por qué tanta blancura era necesaria. “Me duelen los ojos” era un comentario igualmente legítimo. Me tallé la cara como si tratara de lavarme el brillo de encima, de regresar a donde sea que hubiera estado antes de despertar aquí. Y cuando volteé, de nuevo, a la izquierda, encontré el rostro de aquella dama de blanco, no feliz ni triste, sino impactantemente tranquila. “No vas a creer esto” y “debes estar bromeando” son dos frases que, por desgracia, son mentira siempre que se utilizan. “Estás muerto,” por otro lado “y yo soy quien se supone debe informarte todo esto,” es una frase inesperada, estúpidamente incomprensible. Si no hubiera, en efecto, estado muerto, me habría desmayado esperando un infarto que me fulminara. Aturdido, simplemente asentí, y abrí la puerta blanca, y caminé junto con la mujer de blanco por un pasillo igual de blanco y limipio como el cuarto perfectamente cuadrangular donde desperté. Pude ver por las celosías del pasillo cómo el paisaje ondulaba como si dondequiera que yo estuviera fuese una especie de oasis o parrilla eléctrica. No había nadie más en los alrededores. Mi acompañante tenía una voz hermosa, como la de una azafata japonesa sedada por un viaje interminable, pero un acento neutral, un lenguaje que me parecía conocido y al mismo tiempo absolutamente novedoso. “Tuviste un accidente, Héctor. Manejabas a ciento ochenta y cinco kilómetros por hora, camino a casa, desde la universidad. No pudiste ver el tráiler en periférico y Guadalupe. Eran más de las nueve de la noche, y te quedaste dormido ante el volante, pensando en cualquier cosa. No habías dormido en muchas noches. ¿Ves allá abajo? ¿Puedes ver tu auto gris, incendiado y desfigurado por el impacto, o el cajón volteado del trailer? ¿Puedes oir las sirenas? Tu acompañante salió ilesa, por cierto. Menuda copiloto…” Ni siquiera quise ver hacia abajo o arriba o donde fuera que el dantesco cuadro descrito se proyectaba. Cerré los ojos. No lo había hecho en mucho tiempo. Pensé en mi acompañante, cuyo nombre no recordaba. “¿Dónde demonios estoy?,” pregunté a la mujer de blanco, que sonreía mientras me guiaba de la mano por el pasillo como una enfermera de institución mental. Y abrí los ojos de nuevo. Procuré enfocarlos en el camino. Bajé la velocidad, y esquivé, milagrosamente, el trailer de golosinas que circulaba frente a mí en el puente, firmemente tomando la mano de mi acompañante, mi copiloto somnolienta. Procuré no quedarme dormido de nuevo, evitar cabecear, y manejar tan despierto como nunca antes lo había estado.
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